William Makepeace Thackeray — El masón que desenmascaró la vanidad humana
Algunos escritores acarician la vanidad; otros la desnudan. William Makepeace Thackeray perteneció a estos últimos, y su mirada crítica encontró en la masonería un espejo ético donde afilar aún más su ironía.
William Makepeace Thackeray nació el 18 de julio de 1811 en Calcuta, entonces parte del Imperio británico. Hijo de un funcionario colonial, quedó huérfano de padre muy pronto y fue enviado a Inglaterra para completar su educación. Esa experiencia temprana de desarraigo marcó su carácter y su visión del mundo, siempre atenta a las grietas morales que se esconden bajo las apariencias respetables.
Instalado en Londres, Thackeray inició estudios universitarios que abandonó sin entusiasmo. Pronto comprendió que su vocación no estaba en la obediencia académica, sino en la observación crítica de la sociedad. Comenzó su carrera como periodista, caricaturista y escritor independiente, sobreviviendo con dificultad en un mundo literario competitivo y despiadado.
Esa precariedad inicial lo vacunó contra el romanticismo ingenuo. Thackeray escribió desde dentro de la contradicción: conocía la ambición, el deseo de reconocimiento y la hipocresía social porque las había vivido. Su obra se fue construyendo como un ejercicio constante de desenmascaramiento, donde nadie, incluido el propio autor, salía completamente indemne.
La consagración llegó con La feria de las vanidades, publicada por entregas entre 1847 y 1848. Lejos del heroísmo edulcorado, Thackeray ofreció un retrato ácido de la sociedad victoriana, poblada de personajes movidos por el interés, el ascenso social y la apariencia. Becky Sharp, su protagonista, no es una villana clásica, sino un espejo incómodo del mundo que la rodea.
El éxito de la novela no suavizó su pluma. Thackeray continuó explorando las debilidades humanas en obras históricas y costumbristas, siempre desde una posición ética clara: la crítica de la vanidad como motor social. No moralizaba desde la superioridad, sino desde una lucidez amarga y compasiva a la vez.
Esa mirada encaja con una sensibilidad que podríamos llamar iniciática. Thackeray no ofrecía verdades absolutas, sino procesos de desvelamiento. Sus lectores eran invitados a reconocerse en los personajes, a cuestionar sus propias máscaras. En ese sentido, su literatura funcionaba como una cámara de reflexión moral.
William Makepeace Thackeray fue iniciado en la masonería y perteneció a la Logia Covenant, en Londres. Su relación con la Orden fue real, aunque discreta. No destacó como orador ni como dirigente masónico, ni dejó escritos explícitamente masónicos. Y sin embargo, su afinidad con los valores de la masonería resulta evidente.
La fraternidad, la igualdad esencial entre los seres humanos y la desconfianza hacia el poder vacío atraviesan su obra. Thackeray desconfiaba de los títulos, de las jerarquías sociales y de la autoridad no merecida. Esa actitud crítica armoniza con una masonería entendida como espacio de reflexión ética más que como estructura ceremonial.
Su pertenencia masónica parece haber sido un refugio silencioso, un lugar donde compartir una visión humanista sin necesidad de exhibición. Thackeray no buscó en la Orden un escenario para brillar, sino un ámbito de coherencia personal, acorde con su carácter reservado y su escepticismo elegante.
La figura de Thackeray ofrece a la masonería actual una lección valiosa. No todos los masones dejan rastros rituales visibles; algunos trabajan en el plano cultural y moral de forma indirecta pero profunda. Su obra literaria sigue siendo una herramienta eficaz para combatir uno de los grandes enemigos iniciáticos: la vanidad.
En tiempos de exposición constante y narcisismo social, Thackeray recuerda la importancia de la ironía como forma de verdad. Su legado invita a los masones a mirarse con honestidad, a desconfiar de la autocomplacencia y a aceptar que el perfeccionamiento comienza reconociendo las propias debilidades.
William Makepeace Thackeray murió el 24 de diciembre de 1863, pero dejó algo más duradero que la fama: una mirada lúcida sobre el ser humano. Tal vez su mayor enseñanza masónica sea esta: quien se atreve a reírse de la vanidad, ya ha comenzado a vencerla.

Comentarios
Publicar un comentario