Ettore Petrolini __ La risa como acto de libertad

 

Hay risas que entretienen y risas que despiertan.
Ettore Petrolini perteneció a las segundas.
Hizo del humor un gesto de dignidad.

 

Vida profana

Ettore Petrolini nació en Roma en 1884, en una ciudad donde la calle era escenario y la ironía, lengua franca. Hijo de un modesto vendedor, aprendió pronto a observar gestos, tics y contradicciones humanas. Antes de los focos trabajó en oficios humildes y absorbió la vida popular romana. Ese aprendizaje informal lo convirtió en un actor total: voz, cuerpo y ritmo al servicio de una mirada crítica. Su comicidad no buscaba el aplauso fácil, sino la revelación súbita de lo absurdo cotidiano, una pedagogía del humor que desarmaba certezas y jerarquías.

Trayectoria masónica

En 1923 se inició en la masonería, en una Italia convulsa. Para Petrolini, la Orden no fue escaparate ni refugio decorativo, sino un marco ético compatible con su espíritu libre. La fraternidad le ofreció un lenguaje simbólico para sostener la crítica sin caer en el panfleto. En logia, como en escena, defendió la libertad de conciencia y el método del trabajo interior. La pertenencia masónica convivió con su independencia feroz, sin concesiones al poder ni al oportunismo, cultivando discreción y coherencia.

Ideas, simbolismo y legado

Inventor del cabaret moderno y figura capital del avanspettacolo, el vodevil y la revista, creó personajes que funcionaban como espejos deformantes. Monologuista irreverente, se atrevió a mutilar el lema fascista exaltado por Mussolini, exponiendo su vaciedad con una carcajada precisa. Ese gesto no fue solo teatral: fue simbólico. En su obra, el humor operaba como escuadra que endereza excesos y compás que mide la hybris. La risa era un acto moral, una herramienta de emancipación que devolvía al público la capacidad de pensar, dudar y elegir.

Relevancia para la masonería contemporánea

Su ejemplo enseña que el compromiso no siempre adopta formas solemnes; a veces se expresa mejor en la sátira inteligente. En tiempos de dogmas ruidosos, su legado recuerda que la libertad se defiende también con ingenio y valentía creativa. Invita a valorar el arte como vía iniciática y la ironía como vacuna contra el fanatismo. Petrolini no predicó desde el púlpito: trabajó desde el escenario, fiel al método, fraterno en la crítica y profundamente humano, dejando una lección vigente para talleres y ciudadanos. Su trayectoria cinematográfica y teatral consolidó una ética del oficio: precisión, riesgo y escucha del público. En cada función calibraba tiempos como un ritual, consciente de que el humor exige disciplina. Esa disciplina dialoga con la masonería cuando propone perfeccionamiento constante y responsabilidad del gesto. Petrolini entendía la escena como espacio cívico, donde la risa crea comunidad y abre grietas en el miedo. Para hoy, su figura propone un modelo de masón creador: crítico sin sectarismo, audaz sin estridencia. Recordarlo es afirmar que la cultura popular puede ser iniciática cuando respeta la inteligencia del espectador y se compromete con la dignidad humana. Esa lección resulta especialmente útil en sociedades polarizadas, donde el humor degenera en burla. Petrolini propone ironía responsable, que critica sistemas y no humilla personas. Así, su legado dialoga con la fraternidad activa y el respeto al otro, pilares que mantienen viva la tradición masónica cuando el ruido amenaza con vaciarla. Su risa enseñó a pensar mejor, juntos, sin miedo, con método, libertad, ética y una alegría exigente compartida hoy siempre.

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